Simón Radowitzky, figura legendaria del movimiento obrero de comienzos de siglo XX, condenado por el asesinato del jefe de policía Coronel Ramón L. Falcón, cuenta en esta carta, dirigida al diario anarquista La Protesta, las brutales condiciones en que vivían los presos en el antiguo penal de Ushuaia.


Simón Radowitzky: Carta a la Federación Obrera

25 de octubre de 1927

A la Federación Obrera Regional Argentina

Compañeros trabajadores; salud:

Sin esperanza, pero resignado enfermo y debilitado, pero con valor, esperaba tranquilamente en mi larga y silenciosa reclusión entre cuatro paredes, sin ver la luz del día, sin poder hablar a nadie, esperaba tranquilamente y con firmeza la muerte

Otros recluidos, no pudiendo resistir las crueles persecuciones, se han ahorcado; otros murieron anémicos, tuberculosos; tened presente, compañeros que al que entraba en “reclusión permanente” se le prohibía la lectura, la correspondencia, no podía fumar ni tomar siquiera un mate amargo y sólo se le daba media ración de comida. Yo tenía unos libros en la celda y cuando lo supieron me retiraron los libros y me pusieron luz en la puerta y en la ventana; los libros no había podido leerlos por falta de luz.

Pero no se conformaron con eso de tenerme a media ración e incomunicado rigurosamente; intentaban, buscaban pretextos, y así venían cada dos o tres días cuatro o cinco guardianes encabezados por Sanpedro me llevaban a un calabozo y me obligaban a desnudarme completamente para revisarme. Muchas veces, por estar con fiebre, me negaba a desnudarme entonces me amenazaban con la fuerza. ¡Y en mi celda, que no hacían! Me revolvían y rompían todo; me quitaban lo que les daba la gana; me quitaron una carta que me mandó mi padre; y cuando ya no tenían más que quitarme, Sanpedro me sacó la bombilla de tomar mate.

Verdaderamente era curioso ver las requisas cada guardián parecía que tenía una gran satisfacción en llevarse algo; hasta la botella del remedio se llevaron y cuando tenía que tomarla golpeaba en la puerta y el guardián me lo daba, volviendo a llevárselo enseguida. Reclamé la botella y me contestaron que reclamara a los superiores.

El aniversario de mi evasión la banda estuvo tocando bajo mi ventana desde las ocho hasta las once de la mañana; igualmente a la tarde, desde la una hasta las seis; ellos se divertían para hacerme recordar la fecha de mi fracaso. Creían molestarme esos treinta hombres con un maestro de música, creían mortificarme, pero yo me reía de la perversidad de mis verdugos.

Por falta de alimentos, por falta de asistencia médica (en ese tiempo al médico Izaza le prohibieron la entrada al presidio por protestar contra el abuso en los calabozos) por falta de aire y de luz me enfermé. Solicitaba al enfermero y para hacerlo venir tenía que gritar desde la ventana, pues los guardias no avisaban a la guardia y se disculpaban diciendo que se habían olvidado.

Mis verdugos, al cerrar la puerta, después de la requisa, hablaban en voz alta para que los oyera: “Este no quiere morirse, está enfermo, no come y está flaco y no le dan ganas de ahorcarse”.

Un día, como no comía la carne ni los guisos solicité se me diera un plato de sopa de enfermo y el guardián me contestó: “más pronto le darán una soga que la sopa”. Por pura curiosidad, un día varios oficiales de un buque solicitaron verme y cuando se abrió la puerta… se estremecieron al ver el estado en que me encontraba. Un oficial, inconscientemente, me preguntó si estaba a pan y agua, y el guardián contestó que no quería comer. Le dije que hacía más de un año que estaba pidiendo se me diera por toda comida un plato de sopa y que me mantenía… moralmente. Entonces Miguel Rocha, que era el jefe interino de la alcaldía, ordenó me dieran la maldita sopa con unas papas; a los pocos días me la retiró. Pero eso no es nada; cuando llegó al buque escuela, el médico de abordo hizo visitas; solicité una y después de muchas vueltas me llevaron a presencia del médico acompañado de cuatro vigilantes, por temor de que hablara del estado en que me encontraba.

Cuando le dije que hacía dos años que estaba recluido sin salir de la celda, no pude seguir hablando más porque el jefe de vigilancia metió la nariz en el medio y el médico se retiró. Entonces pedí que me revisara; me rodearon, y bajo las miradas inquisidoras de los guardianes el médico cumplió con su misión humanitaria comprobando que estaba enfermo de inflamación crónica a la garganta y debilidad pulmonar. Me recetó un buen remedio, pero una vez que se fue el buque no me quisieran dar el medicamento ni curar, y la enfermedad seguía su curso.

En la cuarta celda Pabellón 5°, donde me encuentro, estaba también recluido, en las mismas condiciones el compañero Avelino Alarcón, que fue castigado con quince días de calabozo a pan y agua por ser íntimo amigo mío y anarquista. Palacios lo hizo recluir después del calabozo. Al poco tiempo se enfermó. Un día vino una carta a la alcaldía solicitando asistencia médica y le contestaron que se dirigiera al director. Al mismo tiempo, Miguel Rocha ordenó que no se me diera papel ni lápiz y que no se permitiera a ningún recluido enviar carta sin su consentimiento fuera al director o a la familia.

Alarcón se agravaba más cada día. Muchas veces yo llamaba al enfermero y le pedía que le hiciera dar algún medicamento para que pudiera mantenerse hasta que llegara un médico de Buenos Aires para el presidio. Me contestaba que iba a hablar con Palacios y así pasaban semanas y meses. Un día conseguí un poco de aceite, azúcar, té y leche condensada; pedí al guardián si quería hacer el favor de dárselo a Alarcón, pero se negó y cuando vinieron a requisarme me atreví a pedirle a Sanpedro y al jefe de servicio González: les rogué, me humillé ante esas dos hienas, pero aseguro que es más fácil conmover a una piedra que el corazón de estas bestias; les dije que el azúcar era mío, que él no comía nada y me contestaron: “cuando tenga hambre comerá”. Pocos días después, a fuerza de insistir ante los guardianes, logré que le llevaran unos pocos víveres. Lloró Alarcón, pues sabía el sacrificio que tenía que hacer yo para poder ayudarle en algo.

Preguntaba siempre a los guardias cómo se encontraba Alarcón; (algunas veces de noche hablaba con él algunas palabras en un descuido de los guardianes, pero nos denunciaron y la dirección dio la orden de castigar quince días de pan y agua al que hablara); algunos decían la verdad, otros mentían. Un día a la hora de la comida, cuando abrieron la puerta de la celda de Alarcón, noté mucho silencio; después que repartieron la comida, llamé al guardián y le pedí que me dijera la verdad de cómo se encontraba Alarcón. Me dijo que estaba muy grave. Pedí al guardián X su palabra de que avisaría al enfermero; pocos momentos después vino el enfermero y le dijo al guardián; “está grave, pero tengo que consultar con G. N. Palacios y M. Rocha”. Cuando les dijo que era necesario llevarlo al aislamiento, Rocha y Palacios le preguntaron si estaba seguro de que Alarcón iba a “morir” y ante la información del enfermero dieron orden de trasladarlo al aislamiento.

 

“La Protesta”, No 272, 25 de octubre de 1927, Bs. As.

La carta completa fue publicada por Carlos Vairo en “El presidio de Ushuaia. Vol. 2” (Zaguier & Urruty Publications, Ushuaia, 2005). El extracto aquí reproducido pertenece al libro ¨Celdas. Textos de presos y confinados de Ushuaia (1896-1947)¨ de Alicia Lazzaroni, Editora Cultural TDF, 2018.


 

Federico Rodríguez

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