La fallida final entre River y Boca el 24 de noviembre ha llevado una innumerable cantidad de análisis. Que las ventajas, que las desventajas, que la violencia inusitada y el ataque salvaje. Que las 60 mil personas en el estadio, que la Conmebol, que la guardia alta y gas lacrimógeno. 

Leímos y escuchamos durante prácticamente una semana cómo mataron al fútbol, que el superclásico está roto y que otra vez nos robaron la alegría. A todos.

Una de las frases más repetidas desde el último sábado intenta señalar a los culpables de la batahola pero antes de que el dedo acusador señale a alguien el mensaje se perdió en el aire: “es lo que somos como sociedad”.

La sociedad está compuesta por mucha más gente que ese grupo de violentos, incluso la sociedad es mucho más grande que la capacidad que ostenta el estadio Monumental. Y si “fuimos todos como sociedad”, parece que, al final, no fue nadie.

Pero la incógnita que se desprende pica todo lo que no picó la pelota en el campo de juego. ¿Somos “esto” como sociedad?. 

Para la socióloga Mariana Farias Wagner, la respuesta es un tanto compleja: “En primer lugar en la sociología del deporte (fútbol principalmente) existe un concepto que me gusta mucho de Pablo Alabarces (recomiendo mucho leerlo para comprender estos sucesos) que es el de “cultura del aguante”. Basicamente se refiere a una ética propia del ámbito del fútbol -hecha cuerpo en la hinchada que va y aguanta los palos de la policía, las corridas con otras barras, que escavia y se droga para ir a la cancha, pone literalmente el cuerpo por su equipo- que divide el mundo en amigos y enemigos, en buenos y malos. Incluso es una diferencia que se dirime con la muerte de les otres. En esa lógica la violencia no es una excepción, es la regla. ‘Ella se ejerce en determinados contextos y es legítimo y recomendado hacerlo, aquellos en los que es necesario manifestar el propio aguante, algo que solo puede demostrarse en el combate con otras hinchadas’, dice Alabarces”.

Por su parte, la antropóloga Gisella Méndez concluye que los incidentes en la previa del partido de vuelta para definir al ganador de la Copa Libertadores hicieron las delicias de quienes adoran las definiciones simplistas como “somos una sociedad enferma”.

Las definiciones que hablan de ‘sociedad’ o toman como unidad de análisis a ‘los argentinos’ suelen dejar muy tranquilos a quienes las enuncian pero no sirven para explicar un fenómeno complejo como el de la violencia en el fútbol. Primero porque no existe tal cosa como un ‘ser nacional’, una identidad unívoca. Porque eso sería dejar de lado las dimensiones de clase, género, ideológicas que nos constituyen y nos aglutinan o diferencian. Pero además, porque invisibiliza por un lado las lógicas que construyen al ‘hincha’ y por el otro las responsabilidades de quienes debían garantizar la integridad de todos los participantes de un evento masivo, argumenta Méndez. 

El primer hincha de fútbol de la historia vivió en Montevideo a comienzos del siglo XX; trabajaba en el Club Nacional de Fútbol, el segundo club uruguayo por antigüedad. Era de profesión talabartero y estaba encargado de inflar (hinchar) los balones del Parque Central, la sede del Nacional. Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, pero era más conocido como «gordo Reyes» o «el hincha».

Nuestro hombre, partidario fanático del club montevideano, y sus gritos estentóreos: « Nacional!» eran famosos a principios del siglo pasado en las canchas donde jugaba su club. Y es fácil imaginar cómo resonarían los gritos del talabartero si se tiene en cuenta que inflaba las pelotas sólo con la fuerza de sus pulmones.

Durante los partidos, otros aficionados solían comentar ante las ruidosas demostraciones de Reyes: «Mirá cómo grita el hincha». Y poco a poco la palabra hinchase fue aplicando a los partidarios del Nacional que más gritaban en los partidos; más tarde se extendió a los demás y, finalmente, a los partidarios de todos los clubes.

La palabra se extendió al resto del mundo hispanohablante con los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, cuando el fútbol de Uruguay ganó sendas medallas de oro, y en el Mundial de 1930 de Montevideo*. 

Podemos inferir entonces que “hincha” no es otra cosa que aquel que grita más fuerte. “Desde un principio esto muestra que, lejos de ser bestias ‘que se disfrazan de hinchas’, son hinchas. Hechos y derechos. Y no son inadaptados, están perfectamente adaptados a las reglas de juego que se manejan dentro de ese clima, son un sector de la sociedad en un espacio determinado. No son ‘la sociedad’, sostiene Wagner. 

A las barras también las manejan los clubes, hay acuerdos institucionales e incluso con las fuerzas de seguridad. No son inadaptados. Están perfectamente adaptados a lo que se espera de ellos dentro del ambiente en el cual se desenvuelven. “Una cultura futbolística organizada en torno de la violencia como ética”.

En el mismo sentido completa Méndez: “Haciendo un breve repaso por el archivo, el ‘hincha’ argentino no parece diferenciarse de simpatizantes de otras latitudes que reproducen un mandato de masculinidad violenta anclada en ‘la cultura del aguante’”.

Pero entonces, ¿el fútbol es lo que nos determina como sociedad? Para la socióloga la respuesta es un determinante no: “El fútbol no es un reflejo de la sociedad argentina. Partiendo de la base de que una cultura tan cerradamente machista, compuesta en su amplia mayoría por varones heterosexuales, no puede reflejar a una sociedad que no es en su mayoría de varones”.

Y agrega que “ese es un argumento que sólo repiten otros varones con la misma caradurez con la que se enervan cuando alguien intenta explicarles que no ‘todes’ nos sentimos incluídes’ en el lenguaje de la RAE”.

Según Méndez, en todo este debate “se omite que, aún a sabiendas de la posibilidad de que se desaten estos episodios de violencia, las autoridades del Ministerio de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires organizaron un operativo como mínimo deficiente”.  

Hablar de ‘la sociedad’ deja por fuera de los análisis posibles los vínculos existentes entre las ‘barras’, la dirigencia del fútbol y la política local.

Porque todo muy lindo con los análisis y todo lo que nos escandalizamos pero, a 6 días del desastre, nadie sabe quién tiró las piedras, de dónde salieron los botellazos y no queda ni una sola persona detenida. Así que no, no somos “estocomo sociedad.

Ahora el partido se juega. Tan lejos que parece una película exclusiva para pocos afortunados, pero en el primer mundo, allá donde no hacen piquetes con sillas de diseño en pleno Paris. Allá, donde Atenas no sufre complicaciones de índole social. Allá, donde voló un botellazo que le valió a un “hincha” 14 años de cárcel.

María Fernanda Rossi

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