Con las ausencias de Ponzio y Maidana, su compañero de línea se hace cargo de la cinta. A pesar de que en las planillas figura Martínez Quarta, es Pinola quien ostenta la capitanía en la vuelta al Monumental.

Llegué tarde. Pensé todo el día en venir a ver el partido acá, la confitería más emblemática de mi pueblo (los puristas dirán que ahora es una gran ciudad y es cierto, pero todavía me cuesta desprenderme de ver el edificio de “El Roca” solamente pegado a la sala de cine que sería un espacio de travesuras a lo largo de mi infancia).

Un grupo de 4 chicos entran después de mí y se sientan en la primera mesa, lo más cerca posible del televisor. No me intriga qué van a pedir porque si entraron a este bar y no comen un lomito es porque son extraterrestres.

En la ciudad hay tolerancia cero de alcohol al conducir, así que mis papas fritas a caballo pierden la compañía del Cinzano y se conforman con una gaseosa light.

Es difícil concentrarse en el partido, pero el Monumental se me hace hipnótico. El murmullo de la gente que empieza a ocupar las mesas vacías tapa cualquier intento del relator. Distingo algo de música popular en los parlantes y aunque quisiera pedirle al mozo que suba el volumen del televisor, no lo hago.

Entre los 4 chicos hay uno que viste pantalón corto y gorra de River, con el correr de los minutos me doy cuenta que todos somos del mismo club.

Sobre la barra, las máquinas de jugo no están un minuto quietas; son las mismas que había cuando empecé a venir a esta confitería en el inicio de la década del 80. Siempre me parecieron un poco mágicas, hoy no es la excepción.

Las paredes están empapeladas con fotos de los antiguos pobladores de la ciudad y me pregunto si alguno de esos ojos que nos custodia desde los muros habrá sido fanático del equipo de mis amores. Miro con atención intentando adivinar, pero no tengo mucho éxito.

En la tele aparece Beccacece y a todos nos hace pensar en la frustración del mundial, pero tanto no nos importa cuando la cámara capta al muñeco Gallardo.

Me interpela un poco estar sola sentada en una mesa del rincón tratando de registrar todo lo que pasa. Me río de mí misma pensando en que es lo más viejo que hice en mi vida. Dos parejas de turistas jóvenes juegan a las cartas, no distingo en qué idioma hablan, en realidad no lo identifico.

Las servilletas no limpian y me cuesta volver de las papas fritas al teclado. Las parejitas de al lado intentan adivinar lo mismo que yo. Armani salva por primera vez el arco a los 18 minutos de partido.

Pienso en todas las veces que vine a hacer lo mismo en los tardíos 90, cuando ver un partido de futbol en casa era un lujo. Como ahora. En aquel entonces este era más bien el búnker de los contrarios.

A los 21 nos volvemos a salvar con un tiro que pasa a pocos centímetros del palo izquierdo del arquero. El Halcón levanta vuelo y a los 23 golazo de Defensa y Justicia. La pelota parada golpea de nuevo como una mano abierta que intenta despertar de un letargo involuntario.

A los 25 Pratto pica cerca, con mejor intención que juego. El pasto está desteñido. El 15 de diciembre tocó Ciro y el campo de juego no logró recuperarse.

Entra al bar el pibe más churro de la ciudad en mi época adolescente. Ahora es un señor y no me hace falta sacar demasiada cuenta para notar que yo soy parte de esa década. Afuera la temperatura es inusualmente agradable, 14 grados y pleno sol aunque son más de las 20.30 horas.

El Halcón de Varela se volvió un ave ágil que golpea sin descanso, el partido se juega casi exclusivamente en nuestro campo. A los 32, alguien teñido que no distingo desde lejos se acerca al arco de los amarillos, pero seguimos en cero.

Las personas de las mesas que me rodean van cambiando. Una característica inexpugnable de “El Roca” es la rapidez para servir los pedidos. 41, tiro libre, pega dos veces en la barrera. Espero que el primer tiempo termine pronto porque el juego está desdibujado.

43, River sigue intentando aunque ningún ensayo llega a buen puerto. 45, imposible el gol que pierde Rafael Santos Borré. De a ratos extraño el saco gris de Marcelo Daniel.

En el entretiempo aprovecho para terminar la relectura de “Ser de River”, el libro de Andrés Burgo que nos abrió las heridas, expuso nuestras miserias y nos hizo más orgullosos a los millonarios.

La foto gigante de la vieja fachada es el punto focal de la decoración del salón. Ahí está, con sus bloques perennes, sin sospechar que se convertiría en la referencia gastronómica para cualquier visitante. No importa cuántos hoteles 5 estrellas inauguren y cuántos tenedores tengan los nuevos restaurantes. “El Roca” y los lomitos serán siempre el paso obligado para propios y extraños.

A los 2 minutos del segundo tiempo el ruido en el comedor es más fuerte, ya es la hora de la cena y el sábado cálido invita a dar una vuelta por el centro. Borré se queja porque no le dieron un penal. Se ocupó la mesa de enfrente y cada vez que el mozo charla con los ocupantes pierdo la vista privilegiada que tenía al principio. River intenta avanzar y recuperar todo el terreno que perdió en el primer tiempo. Yo hago lo mismo. Ambos sin éxito.

Del lado opuesto, hay un turista extranjero que intenta infructuosamente conectarse al WiFi y hacer uso de sus beneficios. ¿Con quién querrá comunicarse? En mi tosco inglés le explico que la conexión no está funcionado bien. Como mi equipo.

El partido se vuelve intrascendente. Me atiende alguien demasiado joven, incluso más que yo y me resulta cómico y extraño al mismo tiempo. Entrar a la confitería junto al cine que ahora es un enorme edificio suele ser una apuesta segura para encontrar caras conocidas. Se llena de solitarios. Como yo.

A los 15 el millo sigue probando pero no le sale. Otra vez Borré en el centro de la escena, entre un codo y un intento de sopapo. Me genera curiosidad no saber quiénes vienen por primera vez, quiénes son los clientes habituales y quiénes lo eligen esporádicamente a causa de la crisis que rompió más de una salida familiar.

“1946” dice la gigantografía. Antes de venir le dije a mis amigas que vería el partido en un bar que tenía más años que mi padre. Un poco adiviné. Gallardo y Biscay charlan parados al lado del banco de suplentes, analizan lo que ven y trabajan en los cambios. Tres tiros por un peso. Se ponen la camiseta casi al unísono Camilo Mayada, Nicolás de la Cruz y un muchachito de cabello colorado que veo por primera vez en mi vida. Van 24 minutos.

Más que una inyección de aire el técnico intenta un tornado. Cada vez que aparece un primer plano de Milton Casco le sigo pidiendo perdón. Tantas veces pregunté por qué Marcelo no traía un 3.

La puerta estilo vaivén y las mesas con mosaicos son las mismas de siempre. Los tonos marrones no han cambiado en siete décadas y a esta altura dudo que alguien se anime a semejante herejía. Las sillas tapizadas en cuerina oscura son prácticamente una marca registrada.

Empieza a bajar la temperatura, pero el sol no amaga con esconderse. Son más de las 21.30 horas y los 11 grados todavía son benévolos. En las mesas aparecen las selfies y las fotos en grupo y me descubro pensando en que no tengo ningún registro de cuando estas mismas mesas me vieron compartir con mi hermana mayor una ginebra Bols con limón. Hubiera sido imposible, a menos que cargáramos con una cámara de fotos.

A los 31 otra vez Borré no puede llevar la pelota al fondo de la red. Insiste el equipo pero no acierta. Entra un hincha de los contrarios, es evidente por el respingo que da cuando nota lo que pasa en el televisor y detecta varias camisetas con la banda roja.

Al partido le quedan 10, pero como soy vieja, y este juego ya lo jugué muchas veces, pido la cuenta ahora. Le entrego al mozo mi tarjeta de débito y mi DNI. Me devuelve el documento y no termino de entender si la mirada fue displicente. Como River ahora mismo.

A los 41 y a los 43 prueban desde afuera, pero los de Defensa y Justicia tienen bien puesto el nombre. Nada le hace más justicia a este juego que el actual resultado. No me molesta, todavía me duran otras alegrías, pero espero que se me pase pronto porque siempre quiero más de mi equipo.

El tráfico del centro se volvió fantasmal. Son casi las 22 y aunque la noche todavía no anuncia su llegada, todos los negocios de alrededor ya cerraron hasta el lunes. 46, otra vez desde afuera. El partido terminó 1 a 0 y los del Halcón de Varela festejan desaforados, tienen por qué. River pierde de local por primera vez después de 12 partidos, el último había sido con La Lepra.

Los abrigos vuelven a cubrir los cuerpos. Las mesas se vacían con el mismo ritmo con el que se llenaron. Ya nadie mira la tele. Hay risas y fotos. Circulan los sánguches de lomo, las papas y los huevos fritos. Los aderezos se mudan de una mano a otra. La cocina no descansa.

Las viejas pizarras de letras blancas donde se exhiben los precios no pierden ni una sola pieza. Jamás hubo carta. El menú impreso es cosa de otros lados, no de El Roca, que tiene sello propio. Como River. Como mi pueblo.

 

María Fernanda Rossi

 

 

Deja tu comentario