Cuando querés mucho, mucho, mucho algo, a veces tenés miedo de romperlo. Y eso me pasa siempre que quiero escribir sobre Río Grande. Me pongo a pensar en mi infancia, en mi adolescencia, en mi juventud y en mi adultez. Me encuentro sorpresivamente madurada por el viento y la estepa, como mi ciudad.

Trato de mirar un poco hacia atrás y me encuentro con muchos “nuevos viejos” pobladores. Gente que no se puede llamar pionera pero que recuerda con cariño los días de patinaje en el descampado y de jugar a la pelota en la canchita improvisada. Personas que añoran el paseo por supermercados SADOS y repasan con nostalgia las noches del Pub Palace.

Una generación que tal vez no nació en el frío helado pero que asume esta tierra como propia, que no duda en responder “de Río Grande” cuando le preguntan de dónde viene. A la que le incomoda asumir que “en realidad nací en tal ciudad, pero viví toda la vida acá”, como teniendo que justificar la pertenencia y el amor por la latitud que la vio crecer.

La doble función del cine Roca (intervalo con helado incluido) era el plan perfecto para pasar las breves tardes invernales o las interminables jornadas de verano. El helado de palito que venía bañado de chocolate a principio de mes, prolijamente envuelto en una bolsita que tenía el logo de un pingüino.

Y cuando el dinero escaseaba la aventura se trasladaba a las costas del río Grande, donde pisar meones y competir con los amigos para ver quién lograba el chorro más largo era el campeonato más importante de todos. Trepar pilotes del viejo muelle del CAP y salir con algún raspón que guardábamos como un tesoro propio.

“La mejor música para la mejor noche” con la inconfundible voz de la inoxidable Leda Soto que en Radio Nacional hacía delirar a cuando oyente sintonizaba la emisora. Ir a la escuela escuchando Lavando cebaduras “para intimar y conocernos”, como decía la voz cadenciosa del Dr. Adrián Bistch en la misma frecuencia, escoltado por su inseparable compañero, el Dr. Fabián Zannini. Los infaltables mensajes al poblador rural que unían personas a decenas de kilómetros de distancia, a veces inmovilizados por la dura nieve que arreciaba los puestos.

Las primaveras ventosas y frías que no nos impedían hacer megadesfiles con carrozas elaboradas hasta el mínimo detalle. Puestas en escena que serían la envidia de cualquier corso multitudinario. Saber que por más que se esforzaran el resto de las escuelas, la Misión Salesiana siempre se llevaba el primer puesto (aunque a veces la ENET le hacía competencia).

Sentarse a escuchar los viejos relatos de los que vinieron antes, de los que se quedaron, de los que tuvieron hijos que nacieron arropados por la hermana Carla. De los bautizados por el padre Zink.

El cura gaucho, hombre de fe que sabía la importancia de la buena relación con Dios y daba vuelta el crucifijo de la oficina cada vez que perdía River. El que siempre tenía el corazón tibio y, si no, te invitaba a calentarlo con un poco de “agua bendita”.

Pasaron 98 años de aquel decreto firmado por el presidente Hipólito Yrigoyen que abría la puerta a “la colonia Agrícola y Pastoril de Río Grande, sobre la margen del río de ese nombre”, varias generaciones pasaron desde entonces. Generaciones que hicieron patria y transformaron ese papel en recuerdos, anécdotas, vivencias. En historia pura, en futuro de promesas.

Los recuerdos son propios aun cuando los hiciste carne después de que te los contaron tantas veces. Los de la década del 30 en el siglo XX, o los del inicio del nuevo milenio que nos cubrió de fuegos artificiales en el árbol de navidad de luces en la temeraria rotonda de San Martín y Santa Fe.

Río Grande es nuestra ayer, hoy y siempre. Es sinónimo de comunión, de familia extendida interminable aunque nadie comparta ADN, de solidaridad sin límite y pasión por la soberanía.

Es electrónica, petróleo, perros, viento, hielo, Malvinas, BIM 5, mar, chorlos, truchas, frontera, textil, turba, laguna seca, polvo, ruta. Es todos. Es cada uno.

Es presente aunque sea duro, porque mientras tanto nos endulza el flan que doña Celia preparó especialmente para después del acto.

 

María Fernanda Rossi
Imagen de portada: Fernando Urdapilleta

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