El comentario empezó a correr por las redes sociales. A los pocos minutos los grupos de whastapp se habían llenado de notificaciones. Las redacciones se empezaban a preguntar qué estaba pasando y no faltaba demasiado para que el rumor se hiciera noticia.

Tan insólita parecía a priori la situación que si uno hace una búsqueda rápida por los primeros posteos, las frases están cargadas de ironías y los chistes salían casi como regla. Nadie -o por lo menos eso parecía en un principio- podía creer que efectivamente se había “perdido” un submarino.

El ARA San Juan tocó tierra por última vez en la capital fueguina. Fue un suceso inolvidable: cientos de vecinos lo visitaron, se sacaron fotos, siguieron las maniobras de amarre y lo despidieron cuando partía. Funcionarios de varios poderes del Estado fueron parte de una experiencia que incluyó camaradería y navegación de bautismo. Experiencia que un año después cobra una relevancia de valor histórico.

Mientras tanto, en 365 días, hay otra historia que se cuenta poco. La de los que esperan. ¿Esperan? Esperan. Saben que ya nunca se reencontrarán con sus seres queridos, tienen plena conciencia de que ya no habrá abrazos y saludos de cumpleaños, reconocen que a todos los brindis les falta una copa, pero esperan. Quieren saber, necesitan respuestas, aguardan certezas. Las merecen.

El 15 de noviembre de 2017, a eso de las 7 y media de la mañana, el Submarino ARA San Juan tuvo su último contacto con el centro de operaciones. El silencio y la incertidumbre se transformaron en dos dañinos torpedos que fueron destruyendo progresivamente todo mientras avanzaban con el paso del tiempo.

La ayuda internacional se multiplicó y fue un orgullo. Las banderas de los más diversos colores flameaban sobre el Mar Argentino en búsqueda de sonidos, movimientos, formas. Ninguna pieza encaja, las hipótesis se derrumban, las pistas se diluyen en el agua. La inmensidad del océano es la única respuesta.

Se sacan cálculos, se hacen conjeturas, se reza y se aguarda que alguien tenga razón. Aparecen las teorías conspirativas de los niveles más irreales. Pero ya no se sabe en qué creer. Nada emerge de las profundas aguas. No hay oxígeno que alcance para mantener viva una esperanza y los colores sobre el mar de a poco se van perdiendo. Masticando pena y escupiendo frustraciones se empiezan a ir los que querían cumplir un objetivo firme. Pero la firmeza se hizo de gelatina y nadie pudo revelar algo nuevo.

En la Historia sin fin, Gmork (un atemorizante lobo de enormes ojos verdes), le dice a uno de los protagonistas “la nada es el vacío que queda, la desolación que destruye a este mundo”. Y eso es el ARA San Juan un año después: nada. Un vacío irremediable. La desolación de los esperantes.

Quienes debieron dar respuestas durante los primeros minutos, incluso con el paso de los primeros días, no pudieron decir nada. No hubo argumento que conforme pues el saco roto de voces oficiales no pudo llevar calma en ningún momento. Y todo sigue igual 52 semanas después. Sin responsables. Irreal.

Las promesas se multiplican. Cada tanto aparece alguien que asegura que encontrar la nave extraviada no solo es factible si no que, además, es sencillo. Hay compromisos que duran 100 días y hay ilusiones que se deshacen como la arena pasando por el cuello del reloj.

Mar del Plata se erige como Santuario. Las banderas, las fotos, caras que a todos se nos empiezan a ser familiares. El altar de agua salada se convierte en el único abrigo. La mirada que no deja nunca el horizonte marino.

Comodoro Rivadavia asoma como un intento de completar los espacios vacíos detrás de las preguntas. Es el centro de reunión de todas las esperanzas. De ese puerto parten salvavidas, ropa seca, agua mineral, optimismo, ilusiones y anhelos. Pero los salvavidas no se usan, la ropa seca queda doblada, nadie toma el agua mineral, el optimismo nunca desembarca, la ilusión se pierde entre las olas y el anhelo desaparece cuando se deja de escuchar el último motor.

Los uniformes azules se opacan y todo se vuelve negro en el desconsuelo.

Se exige, se reclama, se pelea y se grita. Pero a los que esperan tampoco los detectan los sonares.

Aparecen los tatuajes, las calles llevan sus nombres, las escuelas se bautizan en su honor, los actos recordando su heroísmo se multiplicarán en todo el país, las redes sociales se volverán a llenar de fotos y de frases. Y, aunque los 44 eran miembros de la Armada Argentina, es difícil saber hoy si hubieran elegido los honores, o preferían volver a su casa una vez terminada la misión.

María Fernanda Rossi

Foto Infobae

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