Homenaje al escritor Julio ¨Mochi¨ Leite

¨Anticipario¨ de Nicolás Romano

El domingo 21 de abril, en la ciudad de Río Grande, falleció el poeta Julio ¨Mochi¨ Leite, un gigante de las letras del sur de América. Su amigo y colega, Nicolás Romano, le dedica las siguientes palabras y el poema ¨Anticipatorio¨, escrito hace un tiempo atrás, como homenaje a su memoria.

Aquí hoy como ayer y siempre, este poeta. Embajador nuestro de las letras,
llevó la Isla de Tierra del Fuego, desprendida alguna vez de Pangea o del
mismo cielo, a unirse otra vez con toda la tierra, y otra vez con el cielo,
navegando a puro fuego de poemas.
Se lo vió andar al raque, con el ojo largo, buscando en la resaca del mundo las
palabras. Así las hubo que danzaron en la inmensa estepa o se hicieron mar y galoparon
encarnando cordilleras.
Este pastor de letras, corazón de isla, montado en Ginebra, su Pegaso, recorrió
“los gélidos potreros de la tierra” unificando en un espacio “Y vino la palabra”, a poetas
y juglares de la Patagonia entera; decimos, de la que trasciende alambres y mojones,
ahí donde se abren los espacios, se inaugura la vida y se celebra.
Julio, nacido en Ushuaia, vivió desde siempre en Río Grande y se crió en el campo
donde halló sus alas.
Ahora: algunos de sus versos, que el viento ya empujó hacia otros continentes,
en otras lenguas y ojos que dibujan azules diferentes y nos completan con otros mares
con otras miradas, con el Universo, en un aquí y ahora desplegándose hacia el infinito.

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Anticipario

“Traje de confección hecho a medida,
para un poeta que murió hace tiempo.
Hubo de cortarse de su propia tela,
y, de los retazos, coser con otros que
indicaba el viento”.

De: “Trajes de confección
para conjurar muerteputa”.

Mochi, dónde andarás, hermano, con tu morral
de sueños y poemas, con tu dolor de peces desmadrados.
Acaso los cielos de Manuel, del gigante Dinko, de Marcos Guillard,
sean escala de un condenado al desviento, desislado,
ovejero de letras, trashumante. Allí, donde la mesa del bar
es un muelle y la luna una copa de frágiles gaviotas,
allí, donde vino la palabra, allí, donde canto fundamento.
Lejos de tan lejos, te nos irás quedando calfú, con la distancia.
Te supimos coirón de soledades, continente de huesos y delirios,
camarada pasto.
Vos también como el guanaco, te fuiste cargando lluvia y carbón
en la mirada.
No será para vos ese lugar donde la potranca azuleja, bellaquea
entre fuegos y amarillos, para hundirse en el mar de los olvidos,
porque habrá muchos moliendo huesos para hacer la buena harina,
arrancándose el esternón y las costillas, extendiendo de velas
a sus ganas.
Ya andabas de piernas entecas, como chulengo herido por el alambrado,
y te pusiste agorero de este viaje tuyo que nadie esperaba,
que no anunciaba el canto de los gallos.
Con un ábaco de estepas construiste un nuevo abecedario,
tu barca para navegar ternuras, avivar hogueras, desalambrar
donde fuera necesario, eso de sumar y restar para darle
al hombre forma de hombre, eso de restañar heridas
con aceite humano.
Sé bien que no alcanza la ginebra y la puteada
cuando hay peces resbalando entre las manos.
Tu seco grito de pala de campaña quedará, pintado de guerra,
será denuncia y epitafio, tremolará el silencio.
Quizá te cruces con Vital, pescado al hombro, quizás salgan
juntos a buscar ese pez gigante de nostalgias y de olividos.
Al cruzarnos de proa con tu dalca, pensaremos

en los naufragios tuyos y los nuestros.
Si con Ailén, Sofía o con Leonel, andaremos buscando
en las miradas, construyendo memorias en el aire,
y algo de “Rayo Cortado” se nos incrustará en el alma
como en el ojo del viejo Tebes, Río Seco.
Patagonia seguirá respirando por tus versos,
los que desgarran su légamo rugoso,
la piel antigua de sus páramos, su inmemorial silencio;
Patagonia, donde, sabe Pavel, el viento hace mucho salió
a buscarte vivo o muerto.
Cuando hagamos de nuevo por mirarnos,
compañero pasto, Julio, Hermano, no me extrañará
encontrarte perdido en los ojos de un caballo.
Habrás viajado largo el universo,
a bordo de un reloj de sal, igual al hombrecito
dorado, que viaja de piernas y brazos desplegados
como el hombre de Vitrubio, cruzando el espacio
estelar, por el azul de la distancia,
que comienza y termina en esta Patagonia, claro.
Yace, donde el viento sabe, un poeta cazador y desislado,
en su isla yace, el viento sabe, porque hace tiempo salió
a buscarlo, vivo o muerto. (Epitafio de canto fundamento)
y andaremos todos, con una flor de apio magallánico,
prendida en la solapa del alma, y esperando.

Nicolás Romano

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