EL ROMPEHIELOS presenta el ciclo Mitologías fueguinas.

Los días domingos y los miércoles publicaremos las apasionantes leyendas del pueblo selk’nam y del pueblo yámana.

Cultura Selk’nam: La gran reunión

Para nosotros, los viejos, en las negras noches silenciosas, no hay nada más agradable que revivir junto al fuego, en compañía de los seres queridos, las historias que nos contaban los abuelos; las historias que los abuelos habían escuchado de sus abuelos; las historias que narraron desde tiempos muy lejanos los abuelos de los abuelos de nuestros abuelos.

Los ancianos selk’nam sabían muy bien cómo empezó el mundo, cómo se crearon las altas montañas donde anidan los cóndores y las vastas pampas donde galopan los guanacos; sabían muy bien quién llenó de agua los ríos y los lagos, quién creó las rocas y los árboles, quién le dio movimiento a las nubes y a los vientos.

Para los antiguos selk’nam el cosmos estaba dividido en los cuatro cielos del infinito, las cordilleras invisibles donde las almas se dirigen después de la muerte. Kamuk se llama el cielo del norte; Kéikruk, el cielo del sur; Wintek, el del este; y Kenénik, el del oeste.

Antes de que todo lo que vemos existiera, antes de que Krenn, el sol, persiguiera por los cielos a su traidora esposa Kra, la luna; antes de que los espíritus bailen con los cuerpos cubiertos de rayas y puntos de colores, los cuatro cielos ya existían.

El mundo tomó forma después de que ellos se reunieran.

En esa asamblea, Wintek, el más importante, el dueño del tiempo, dijo que iba a ser la casa de Kox (el mar), del viento que trae las peores tormentas, y de Temáukel, el ser que habita en los cielos, el dios primigenio que vive solo y sin preocupaciones, el creador de la Tierra primitiva.

Kenénik, el cielo del otoño, afirmó que iba a ser la casa del viento frío que sopla incansable, y que en su lecho de rocas y de sinuosos ríos descansará Krenn (el sol) luego de dar luz y calor en su paso por el día.

Por su parte, Kéikruk, el cielo del invierno, dijo que iba a ser la cuna del viento helado del sur, y que en su blancura vivirá Kra (la luna). De él nacerá el invierno, la más cruel de las estaciones, y traerá a su hija, la nieve, para hacer más difícil la vida de los hombres.

Por último, Kamuk, el cielo de la primavera y del verano, dijo que iba a ser el hogar del viento lluvioso, que empujaría con sus soplidos oscuras nubes cargadas de agua para verlas deshacerse sobre las llanuras. Iba a ser la cuna de Chalu, la lluvia, que descenderá para llenar todos los ríos.

Reflexionaron en silencio. Todos estaban de acuerdo con lo que cada uno había expresado. Gracias al poder de las palabras, la tierra selk’nam ya estaba palpitando.


Los primeros fueguinos, como hizo siempre toda la humanidad, han narrado el origen de su mundo, han elaborado ideas sobre la vida y la muerte, sobre la moral y las costumbres, han creado historias para contar los poderes de sus dioses y las hazañas de sus héroes, han desarrollado una rica mitología para explicarse a ellos mismos de dónde venían y quiénes eran.

Estas son historias que desde tiempos antiguos han servido para dar apoyo y enriquecer a los hombres y a las mujeres que se enfrentan a la experiencia de estar vivos.

Las leyendas que entretejían los ancianos frente al fuego, hoy llegan recreadas por la sobria pluma de Fede Rodríguez y los mágicos pinceles de Omar Hirsig.

A partir del domingo 22 de diciembre, dejá que las Mitologías fueguinas te atrapen.

Fede Rodríguez
Ilustración: Omar Hirsig

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