Ausencia. Todo lo que hay es ausencia. La única certidumbre es la ausencia. La respuesta a todas las preguntas sigue siendo la ausencia.

10 años se pueden dimensionar en el almanaque, en el reloj, en los recuerdos de Facebook, en la suma de experiencia. Pero, ¿cómo se dimensionan en dolor, tristeza, incertidumbre y angustia? ¿Cuánto duele? ¿Cuánto desespera?

Todos tenemos en la retina la imagen repetida de Sofía. En una puerta, en un auto, en un papel, en una red social. Está permanentemente de una manera sutil, es una sombra que nos grita desde donde esté, aunque intentemos evitarla. El pedido de ayuda jamás es imperceptible.

Es inevitable mirar al rededor y abrazar a los cercanos. Se esquiva el acto de ponerse en la piel del otro, de la otra. Cualquier cosa resulta válida con tal de no asumir que Sofía no está y ya. No hay datos. No se sabe. No hay voces. No hay rastros. El abanico de preguntas se despliega y, como si se tratara de ciencia ficción, nos la imaginamos ajena a esta realidad, viviendo una vida robada.

Ningún escenario es el mejor escenario. No está. Su cama, su casa, su madre, su padre, su hermana, sus juguetes la esperan como suspendidos en un presente mentiroso. Aún con la marca sólida del paso del tiempo que va dejando Giuliana que irremediablemente crece. La nada se sigue expandiendo y arrasa a su paso desolador. Nada. Pasaron 10 años, pero no pasó nada.  

Los kilómetros se suman, la búsqueda ingrata no se suelta. Alguien tiene que saber. Un perro, un auto gris, una niña que juega, un alambrado, un cerro, un bosque. Las imágenes no logran acomodarse, el rompecabezas está incompleto porque falta la pieza principal. Los juzgadores de vidas extrañas elucubran y fantasean, pero nadie vive en la piel que habitan María Elena y Fabián.

Los informes que se repiten en la televisión nos demandan el recuerdo permanente de la realidad propia, el miedo latente por que las cosas ocurren en lugares comunes y a personas comunes. Nos aburrimos, nos desesperanzamos. Soltamos la espera que no queremos cargar, nos desentendemos de la deuda. Y Sofía sigue sin estar. El desinterés hace que se vuelva a perder, esta vez, ante la vista de todos.

Abruma cada resultado negativo. Se busca y nada se encuentra. No es. Nunca es Sofía. Por cada decepción, el perro bravo de la tristeza va despedazando un poco más el corazón. ¿Cómo pasan 10 años de tiempo estancado? ¿Cómo sucede? ¿Quién lo permite? Alguien tiene que saber.

Un piso de despedaza ante la mirada de los curiosos. No les importa romper el concreto cuando todo lo demás lo tienen dañado desde hace una década. La foto, el video, la grabación, la sonrisa despreocupada de una niña de tres años que solo quiere jugar y cantar. ¿Quién le arrebató su llanto? Alguien tiene que saber.  

Ir, como un acto reflejo, sin avanzar a ninguna parte. Preguntas que nadie contesta. Todos tienen una teoría y los más descarados la comparten. Escriben entre todos una pieza de burlesque. La vida de Sofía y de su familia es minuciosamente analizada. El escrutinio tiene un tinte socarrón y se señala desde la superioridad moral insólita. Se rompe un contrato fundamental y ya nada será igual.  

Es demasiado tiempo para mirar para el costado. Son suficientes años para apelar a la empatía. Alguien tiene que saber. Se repite como un ruego el pedido de información. Las palabras se sueltan hacia el cielo como invocando la asistencia de cualquier experiencia superior. Un dato. Una frase. Una imagen. Una esperanza.

Asusta el paso de los años que no se detienen aunque el intento sea robusto. Una década es demasiada carga para una cama vacía, para una vida suspendida. El sabor amargo lo inunda todo. Suelta la pena de vez en cuando, solo para recordarnos que Sofía  todavía no está y que alguien tiene que saber.

 

María Fernanda Rossi

 

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